El tributo del rostro

Aclaración: Esta es una colección escrita en Santa Cruz do Sul, Brasil, durante un intercambio académico de la UDLA; se trata de un diario de viaje, una serie de escritos experimentales donde traté –ya me dirán si lo logré– hacer un ejercicio de desdoblamiento: ser tanto observador como observado, como en un juego de espejos enfrentados.


El tributo del rostro

Prólogo

Entre lo visible y lo que tiembla detrás.
Un gesto habla, mira sin pretender entender.
Lo que otros dicen,
lo que oímos en su vacío,
lo que se escribe.

Dos vertientes:
el yo,
el otro.

Ahora: el avión.
Porto Alegre.
Destino: Santa Cruz do Sul.

El aire saliva.
Las manos tiemblan.
Los pensamientos gestan algo que,
en alguna parte, empieza.

I

La ventana de la sala

Casa de Elenara. A través de la ventana, las ramas tiemblan. Se mueven como yo hace unas horas, pero con una calma vegetal. Están vivas y danzan sin pensar. Puro acto.
Esta ciudad es una rama.

Cinco de la tarde. Dormí una hora.

(Recuerdo la llegada tras el trayecto en bus desde Porto Alegre. Ojos erráticos comparando ayer y hoy: montañas, riscos, pendientes contrapuestas al cinturón de árboles que rodea la ciudad y desemboca, paradójicamente, en pampa. Tanto llano que parece un desierto invertido).

El tiempo y el espacio se fisuran. El umbral entre el día y la noche se abre. Como un sacrificio, hay que dejar algo de cordura para ver el eclipse en las montañas.

(El registro descansa en la mirada, no en la piel de la mente).

La catedral

Despierto. Piel de gallina. Salgo: ojos secos.
Bom dia. Y volver a empezar.
Aquí la realidad tiene algo de impostada, algo no termina de cerrar.
La iglesia está vacía, aunque sueño con multitudes.                                                           
Las campanas suenan; yo soy el martillo.
Una puerta se abre desde adentro.

Despierto.
Piel de gallina.

La gente sonríe, pero algo en sus ojos se aparta.
você tem que viver a vida.
Como un truco de magia, las cartas se deslizan ante mí. Busco una grieta.
No existe. Solo espera.

Estoy en el extremo de lo sabido. Me ducho, me lavo los dientes. En el lavabo, sangre y una sustancia negra, viscosa.

No sueño desde aquel episodio. Ahora solo hay vacío —compartido—, risco, negrura: la gruta de Santa Cruz. Ruinas, piedra, bosque. Todo parece conocido, pero no lo es.

La boca se me seca, se desertifica. Las piernas tiemblan, los ojos, pétreos, se arrastran. Me pongo la chompa. Salgo. Bom dia, otra vez. Las mismas personas. Otro encuentro sin fondo. Marcelo hace un gesto: ¿quieres salir? Tanto como podría decir: vete.

La humedad se cuela por las ventanas, invade mis libros —¿por qué me duele tanto que se doblen y se mojen si mi cuerpo está intacto?—.
Los quero quero saltan afuera. Su canto es el de una sirena.

Cuadro de la Casa das Artes Regina Simonis

Mirela Bolognini

Brusque/SC

Sem título, sem data

Alejarme de lo habitual me devuelve al centro, a la materia que tiembla bajo la piel.
Hay momentos en que todo se sostiene sobre un hilo, y ese temblor —mínimo— revela quién soy.
Pero aquí, en esta extrañeza, algo se desgarra y no sé cómo habitarlo.

Anoche tomé una cerveza con Marcelo y Luma. Reímos, sí, pero detrás de sus lenguas un lago negro se abría.
Sus rostros se disolvían antes de alcanzar la palabra.


Tengo que entrar a la gruta.

La música, al menos, se sostiene.
Sigue siendo ese sutil escape, un hogar portátil, un espacio donde respirar.

Adoptar la forma del agua.
Pero el agua se ensucia.
Aprender a vaciarse entonces.
Vaciarse, o fluir con otros,
o ser también el agua que viaja por la lengua,
el agua que baja por la cisterna,
el agua sucia, bacteriana, pérfida.

Vista: forma, superficie.
Lengua: el tendón que nos une.
Aire: Para entrar nesta cidade tivemos primeiro de pagar o tributo do rosto

(Michaux, 1994).

Pathos (πάθος): olvido.

¿Es preciso diluir el rostro?
¿Perderse para ser de alguna parte —y de ninguna?
¿Es preciso adentrarse en el hueco de la ausencia?
¿Dar un salto de fe?

El aire se pega a la piel.
El calor es soportable; todo lo es cuando pienso que lloverá más tarde.
Nada de esto durará mucho.
Ni el dolor de garganta, ni la tos, ni el sol, ni la piel quemada.
Todo se irá como el frío de ayer, y volverá —quizá— como las nubes negras que viajan a lo lejos.
La certeza mata.
Mata la riqueza de la ausencia.

Siempre el problema del tiempo.
El presente nunca es placentero: siempre proyección o revisión.
Nunca un instante entero.

El rostro pesa, se aferra al aire, rehúsa el vacío.
Camina sobre piedra:
donde la luz y la lluvia sólo ayudan cuando cesan.

(Vivir sin rezar —aunque sea virtualmente—
es como vivir sin morir).

Gruta.
Allí se forman las palabras.
Restos. Golpes. Chispas.

El trueno pasa.
La habitación vibra.

Sueños: el viento
llevando la sombra de lo conocido
hacia la luz de lo inconcluso.

El sonido de los pájaros —cuerdas tensas, ramas rotas—.
La repetición (in)finita de lo mismo: música, voces.
Hormigas enormes cruzan el cuarto.

En sus sonrisas, en sus manos, en sus ojos,
una maldad inocente, infantil:
la del niño que mata una mosca por miedo a lo desconocido.

La mosca soy yo,
y el gesto tarda una vida en caer.

¿Mis pensamientos tienen realidad?
Tal vez los pensamientos sean sombras: ausencia de paz.

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El principio

II

Santa Cruz do Sul, Brasil, 1 de octubre de 2025

Querida P,

Hola, amor. Espero que estés bien. Cuéntame cómo van los días. En Quito el tiempo siempre se interrumpe, como si no soportara pasar inadvertido.

Por mi parte, lucho por adaptarme. Hago una ofrenda: mi yo. Cada vez más borroso, lo pierdo por momentos. Es como soltar una liana en mitad del salto. Escribo para fabricar una piel nueva. Los hechos, los roces, me la arrancan poco a poco.

Aquí nada termina. Solo hay cosas por hacer, que se enciman y se sustituyen unas a otras. Nada tiene que ver con nada. El tiempo es una serpiente que acecha a otra, y cuyo objetivo sigue siendo el mismo: nada. Como un gato persiguiendo un láser, la gente cree —creemos— que hay algo que atrapar afuera. Casi siempre es una ilusión.

Un pasillo largo separa mi habitación de la sala; está en el primer piso de un edificio cercano a la catedral. Una sola ventana. Desde allí se ve una cerca y algunos árboles tan verdes que parecen creer todavía en algo. Las mañanas son luminosas, el sol cae con fuerza, y por las tardes una lluvia fina empapa los cristales. He tenido noches difíciles, sin embargo, a veces despierto con la sensación de que alguien va a irrumpir en la habitación y me tocará. No sé si “violar” sea la palabra, es demasiado fuerte, pero en esas noches temo sobre todo el contacto físico.

Vivo con Elenara, una mujer alta, flaca, de ojos verdes y cabello corto. No come arroz porque dice que es agrotóxico y lo considera veneno. Habla muy alto y rápido, y se frustra cuando no la entendemos. Nos hace el desayuno todos los días, y a veces repite el menú en la merienda. Compra las legumbres a un agricultor local y pone demasiada pimienta a los huevos, que además fríe con agua, no con aceite.

Es de una apertura absoluta. Nos cuenta sus viajes, sus experiencias con drogas, sus amores perdidos en Europa. El otro día hubo un malentendido: pensó que iríamos a cenar, pero no llegamos. Al volver, el ambiente estaba tenso. Nos refugiamos en nuestras habitaciones, a hurtadillas, como si la noche fuera una aguja. Luego salí a la cocina. Ella estaba allí, con los ojos semicerrados y un vaso de suco con vodka. Pregunté si podía calentar lentejas; dijo que no, que eran para mañana. Volví a mi cuarto, avergonzado. Pensé que tal vez era una bruja que nos usaba para no estar sola.

Ha vivido mucho. Pero el tiempo, incluso en los cuerpos abiertos, termina cerrando las ventanas.

Te dejo un retrato de quienes he conocido:

Marcelo.
Exmilitar, veintiún años, ascendencia alemana. Ojos inocentes, sonrisa cómplice. Sueña con una familia con Luma. Cree que el mundo pertenece a quien se levanta primero. No le caigo bien, pero me tolera. Mi máscara es de cristal; la suya, de roca musgosa. Donde él ve comienzos, yo solo veo fines.

Luma.
Quizá la persona más interesante. Siempre toma distancia. Su rostro dice la verdad con gestos que son como cristales. Es pareja de Marcelo, lo que puede salir muy bien o muy mal, pero tiene sentido. Ese andar sobre la cuerda floja apunta a lo real.

K
Veintiocho años. Camaleónico. En su fondo —y en el de todos— percibo algo oscuro, una sombra que aún no tiene dueño.

C
Veintidós años. Bonita, pero sin atractivo. En su voz percibo un hilo de sangre de quero quero. La palabra desenvaina el puñal.

Con extrañamiento,
te ama,

Tomas.

Personas-espejo.

Ausencias.
No.
Fronteras-reflejo que moran en el entre de un nosotros.
Entran sin tocar la puerta,
martillean en la habitación de al lado.
Gimen.
El papel maché se desprende de la pared.
Sus sonidos producen un eco sin sentido,
como si sólo respiraran,
luchando sin placer.
Bocas estereofónicas repitiendo lo aprendido.
Un eco que no termina nunca de volverse silencio.
Una felicidad que no termina de cerrarse

Oratorio del Parque da Gruta

Entre errancias

1.

Nada se repite,
todo ocurre.

Mis pies arden.
El mundo está bien.

Caminar es suficiente.
La ciencia del día
es no apartar la mirada.

2.

Fachada lyncheana

Bacco abre la puerta de mil habitaciones.
No entro. Basta el temblor del marco.

El aire tiene la consistencia de una fruta:
si la muerdo, me disuelvo.

Los dientes rozan algo que no soy.
Una uva llena de sangre me respira el pecho.
La saliva mide la distancia
entre lo que ocurre y lo que recuerdo.

Los ojos retienen el polvo,
se refugian en los olivos de la ventana opuesta.
No miro: sostengo.

El amor pide forma.
El vacío se adelanta.

Desde la cocina,
Elenara grita: vem jantar, está pronto.

3.

Despedida

No sé dónde estuve.
Pero dentro, dos o tres fetos mueren.

En la sala, el perro-vaca mastica el aire.
En casa, un aire casi estático nubla mis ojos:
me veo a través de él.
El reflejo del lavabo negro
envuelve el ruido del mundo.

Y dentro, el rostro de un perro se quiebra
por accidente.
–Respira;
o alguien respira a través de él–.

Espectrograma

Se pierden como lágrimas en la lluvia, dices, los colores se derriten en los cuadros y los ojos del observador son disecados, el poema es un cuenco barato donde el sentimiento se desborda y se rompe absurdamente, y pienso si la vida no será solo una lluvia en el mar, en esas latitudes que se abren como un paréntesis, no lo sé, pero sé que tú lo sabes, que lo sientes, que lo intuyes, que la lengua se te quiebra cuando intenta decir lo esencial aunque no creas en la esencia, yo escucho tu música, mi trabajo hunde raíces en este suelo árido y la falta no basta, nunca basta, está siempre un poco más allá, una o dos casas tal vez, con la ventana abierta, dicen que hace frío, que en su habitación hay colores que suenan, palomas que retroceden en el tiempo, una voluntad que se disuelve, todo allí es disolución, un entre, un aire girando como si el ventilador respirara: extraño, lo sé, pero tú de algún modo lo has sentido, lo sentiste antes que nadie, antes que yo, cuando todavía había algo que nombrar.

Referencias.

Michaux, H. (1994). Antologia (M. Vale de Gato, Trad.). Relógio d’Água.

Información del autor

Mi nombre es Tomas Traslaviña. Estudio psicología clínica en la UDLA. Leo, vivo y escribo.

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