Dónde el vacío aprende fiebre

La noche todavía no había sido creada
y ya existían ruinas de ella
Había polvo de oscuridad
flotando en los bordes del universo
como si el tiempo hubiese intentado dormir
mucho antes de inventar los párpados
Los océanos envejecían hacia atrás
Las olas devolvían cadáveres al vientre
La sal desaprendía el llanto
Y los peces atravesaban el agua
con una lentitud del pensamiento fósil
En cierto punto del futuro
alguien recordó un nombre,
antes de que el mismo naciera
y esa memoria alteró la temperatura de las estrellas
Desde entonces
el cosmos padece una fiebre mínima
Los astros parpadean incorrectamente,
hay galaxias enteras equivocándose de siglo,
la gravedad comienza a olvidar sus costumbres
Entonces percibo algo.
No con los ojos,
Puesto que los ojos son instrumentos demasiado jóvenes
Lo percibo con una región antigua de la materia,
un órgano fósil escondido en la sangre,
una memoria que sobrevivió al incendio de los siglos
El universo nos observa como una madre que nunca parió.
Con los ojos sucios por haber soñado demasiado
Porque algo se quebró
antes del primer amanecer.
Algo tan antiguo
que ni el tiempo recuerda.
Y desde entonces,
la eternidad busca en nuestros ojos
lo que perdió en la oscuridad.
He ahí cuando comprendí
Que la muerte no será desaparecer
Será seguir ocurriendo
en sistemas nerviosos ajenos al tiempo.
Convertirse en eco gravitacional,
en nostalgia de partículas,
en una cicatriz eléctrica
atravesando la conciencia del universo
Y así
El universo aún busca
Lo busca incluso aquí,
dentro de nosotros.
Nosotros
estos animales breves,
hechos de calcio, agua y despedidas
Estos accidentes de la materia
que se enamoran,
que lloran,
que escriben poemas en la orilla del tiempo.
Sin sospechar que son la herida por donde el cosmos
se recuerda a sí mismo.
Pues
Cada vez que alguien recuerda un nombre ya olvidado
una ausencia florece
El tiempo,
ese ciego lleno de espejos
retrocede una lágrima.
Cada vez que alguien ama
el vacío se llena de su propia hambre.
Y cuando alguien muere
no desaparece una persona.
Se pierde una forma irrepetible del asombro
desde donde el universo conseguía contemplarse.
Los muertos no se han ido
Se han vuelto distancia
Y la distancia
como la luz
tiene la costumbre de llegar tarde
Tal vez por eso amamos
para que algo permanezca
precisamente por el mismo hecho de que no puede permanecer
Para que el instante y la eternidad
por un segundo
se reconozcan
Y tal vez
no quedara oscuridad.
Quedara reconocimiento,
como si una inmensa conciencia
dispersa en átomos
mares,
nebulosas,
pájaro,
madres,
huérfanos
Y planetas.
Y así el universo
En millones de años imposibles
por fin podrá decir
ah
eras tú
Y en ese instante
la eternidad recordará aquello que perdió
antes de nacer por exactamente un segundo
Lo suficiente para que otra estrella se apague de tristeza
Autor: Mílan Valencia
La puta del verso

El verso ahorca deja marcas
te abre sus piernas y te atrapa
clava sus uñas en tu espalda
se viste y se va.
Pagas con lágrimas cada sílaba
te llevan al baño las arcadas
el sudor tu cuerpo lavará
El cuarto no se siente solo
el ruido se sentó a observar
La estrofa toca el timbre
el verso exige carne
la sílaba somete
no te niegas
aunque quieres
no lo harás.
Autor: David Ramirez
Mala interpretación del Anhelo

Te digo falsamente hasta pronto porque en la espera del tiempo se consume lentamente un adiós.
Que ha de ser el olvido sino la autodefensa del corazón,
entre las gentes, abrumado de recuerdos, de sentido,
la espera ha de marchitarse mientras la apariencia florece,
el corazón que ha de fragmentarse en distintos te quiero,
ha de dudar si solo puede seguir latiendo.
Yo, que en este momento soy caos y frustración, incertidumbre, miedo y desolación. He de afrontar la existencia en el vacío del día, de la noche, del lenguaje ciego y mudo que no da tregua a la esperanza,
que al ver lo cotidiano se enmascara de felicidad ilusoria,
de contradicción, de una fábula de hechizos para difuminar el miedo,
emociones perdidas vagando en el desierto de la vida, que al no tener camino van confusas, se crean en patrones que aluden recuerdo, en qué momento hemos de sentirnos tan vivos que el morir ha de volverse una dicha, que forma de afrontar tu partida, que manera de ser la parte final de la apatía, la ausencia, la franqueza, qué sentido recordarla tan claramente desde que me hizo entender como la palabra puede traerte paz, mejorarte un día, o con su “adiós” perfecto, sonoro y puntual, arrebatarte la vida.
Y el calor se camufla al latir el frío, lo que oculta, lo alterno entre el adiós y el abismo,
la forma de la neblina disiparse en áspera condena, crueldad de engaños, eufemismos.
La mentira que dicha repetida se convierte en verdad,
se alega la historia, el sentimiento, se cae la esperanza, se consume sueños.
He de permanecer inerte y ciego, ha de caer la vela del anhelo,
tu espacio ha de borrarse con forme el tiempo pasa, ya no te dibujará el viento, se desdicha mi corazón, se atormenta el cielo.
Sin embargo, aquí, cada flor en el campo ilusorio de mi mente florecerá por ti,
como desde el primer día, hasta una fecha sin tiempo ni hora establecida,
ahí te veré volver, para guardar en mí tu rostro, y mirarte,
mirarte como si fuese la primera vez, o quizá la última.
Autor: Maickol Camacás
Plasmación de lo suspendido

Cuando sostengo esa herida que me observa por la noche
y no logro nombrarla,
regresa la mirada, penetrante,
retadora de sí misma.
Me vuelve traslúcida al ser recorrida,
me desdibuja
y me convierte en abstracción.
Quedo ajena:
flor invernal,
tumba inadvertida.
De repente surge una pregunta,
pero no encuentra estructura:
y se pierde en la duda.
Voltea la hendidura en evitación
y mastica la amargura
en hierro que fractura las mandíbulas.
Para ser una pesadilla no necesitas dormirte.
Para ser un sonámbulo no necesitas dormirte.
Solo necesitas estar tendido
en el límite de la desconexión hacia el mundo,
y aun estando con los ojos
desmesuradamente abiertos,
no podrás cubrirte
de este territorio desprotegido.
No te vacíes sobre la liquidez del silencio,
me dicen.
No te hartes
sin mirar una vez más adentro.
Ahí es donde el trazo aparece
y se vuelve vértebra,
rama de ribera.
Aflora este regazo partido en líneas
y la sangre que hierve
se enfría.
Matizo la narrativa
no para volverla digerible,
sino para encontrar
qué parte de mí
todavía permanece.
Deja que caiga
el estallido de mi dicción
y nos dé una nueva forma:
sea de vientre,
ceniza
o rizoma.
Regresando
a mi yo disuelto,
para hacer de mí
cuenco
y cauce
Porque no sé
quién mira a la palabra:
si ella me ve a mí,
o si soy yo
quien se ve en ella.
Quien ha visto llorar al mar
sabe que también se ahoga.
Autor: Paule Garcés
Poema Ganador

No he tocado mi reflejo en algún tiempo
A tal punto que se me ha vuelto incognoscible.
Tal vez porque no está en el lugar buscado.
El mar golpea tan fuerte a la ensenada que se ha derrumbado.
He ignorado al zorzal,
que habla para traducir
y traduce para hablar.
Más, sin embargo,
es en su aleteo que el transcurrir se ralentiza,
para producir un instante distinto,
la contemplación del momento intermediario,
donde se entrecierra la puerta
del otoño y la primavera
y la realidad por segundos es beatífica,
como una grieta en el tiempo
por donde la luz regresa a su semilla.
Si bien la realidad provee belleza -en abundancia-
Mi luna decae y se posa entre mis pupilas
como un fruto demasiado maduro
para permanecer en el cielo,
o quizá porque el cielo,
de tanto sostenerla,
terminó por darla a luz.
Entonces comprendo:
no era la luz lo que buscaba,
busco aquello que la vuelve sur.
Por eso observo al humano,
Los encuentros, inclinados, retorcidos
sobre sus pequeños resplandores,
como náufragos
que han confundido los renglones
con el horizonte.
Horizonte que se encuentra ensangrentado,
¡Por el ser humano!¡La imagen y semejanza de dios!
Ayer un ser humano, asesinó a mi hermana
¡La imagen y semejanza de dios!
y también desaparecieron
algunos nombres del viento,
algunas risas de la tarde,
a una manera irrepetible
de contemplar el solsticio
y Amanda también, con su recuerdo.
Desde entonces, hay una pregunta
que no deja de mirarme:
¿cómo ven al otro?
Quisiera preguntárselo a todos,
pero los encuentros ocupados
administrando su cansancio,
custodiando sus rutinas,
haciendo de la cotidianidad, una rutina
o huyendo de sí mismos y por consiguiente del otro
Entonces me pregunto:
¿qué veo cuando veo a otro?
Y la respuesta regresa
como regresa la marea a la ensenada derrumbada:
me veo a mí mismo.
Descubriendo, bajo el sol, la oscuridad
Encontrando el rumbo, en la negación o reafirmación del otro
Harto del otro por miedo a su herida,
ignorando que sangrábamos lo mismo.
Sin saber que en su mirar, está el encuentro propio
Pues el reflejo nunca habita los espejos.
Vive disperso
entre los otros,
como una semilla
que sólo comprende su forma
al convertirse en bosque.
Y comprendí demasiado tarde
que toda soledad es un sol a solas,
y que el alma,
para reconocerse,
necesita partirse en dos.
Autor: Eidan Auz


